9:00 - Lunes, 22 Enero 2024
Bendita tecnología
Totum revolutum

En materia de suplantación, de hacerse pasar por quien uno no es, nada como aquel día en que tuve que disfrazarme de realizador. En el mundo del cine, hoy el realizador equivale a lo que antes era un director: podía ser un director de culto, un director original, uno denso, uno tal vez irregular, uno que además es guionista de todas sus películas, un gran director, qué pelma de director, y así sucesivamente. Hoy hablamos ya más de directoras, y es así como el término “realizador” vuelve a su sitio original, la televisión.

Por exigencias del guion, más bien por la petición desesperada del auténtico realizador de la casa, que no podía estar en dos sitios a la vez, un día fui realizador. No director de cine, no: realizador.

Viajaba con dos cámaras, un técnico de sonido, una presentadora de postín y un productor, todos juntos en un gran furgón de lujo. No puede decirse que no tuviera oportunidad ni interlocutores para confesar que en realidad yo no era realizador, pero estaba tan desbordado por la situación, tan pendiente de completar guiones que estaban sin hacer o en algún caso a medias, tan preocupado por coordinar y administrar aquello, que no encontré la fuerza. Más tarde la falta de sueño y el cansancio resultante fueron agravando el cuadro.

Grabamos tres entregas de un programa en cuatro días de trabajo. El balance: el productor y la artista, razonablemente satisfechos; los técnicos, circunspectos y progresivamente desconfiados, pero su trabajo impecable, como sucede indefectiblemente con los técnicos. El que suscribe: física y emocionalmente agotado, con diez o doce horas de sueño en total y el sistema nervioso hecho trizas.

Acababa de arrancar Spotify: nunca había viajado escuchando tanta música a demanda, con tan buena calidad. Un par de meses atrás había debutado el primer sistema de geolocalización para teléfonos móviles: me quedé de plástico Pómez cuando, en un solo clic, quedamos con el tercer cámara en un lugar remoto y desconocido. Nos vemos para cenar algo rápido AQUÍ. Y con las mismas, AHÍ que nos fuimos. Hoy no podemos comprender el valor de lo que por entonces era una verdadera gesta.

Fueron jornadas de mucho trabajo, poco sueño, aprendizaje contrarreloj y experimentación multi tarea. El resultado quedó incluso bien, pese a una serie de desencuentros posteriores con el realizador original, un sujeto abominable con el que he tenido la inmensa fortuna de no coincidir nunca más.

Suplantar, hacerse pasar por otro para apropiarse de sus cosas, de sus cuentas, de su hacienda y decisiones, es tan habitual que ya casi podríamos decir lo mismo que de la presunción de inocencia

Y sí, adopté un papel que no era el mío. No usurpé una identidad ajena propiamente dicha, sólo adopté un papel que no me correspondía. Factores atenuantes: yo no quería, seguí sin querer y sabiendo lo que ahora sé me negaría a repetir. También hay agravantes: ¿por qué […] acepté? ¿Cómo es que no me resistí un poco más?

Este episodio no reviste mayores complicaciones. El oficio de realizador, como el de zapatero o el de ajustador de telescopios espaciales, es muy complejo. No puede aprenderse en dos días. No corren peligro los realizadores, porque no se van a arremolinar los espontáneos deseosos de suplantar a ninguno de ellos.

En cambio para usurpar identidades hay cola. Suplantar, hacerse pasar por otro para apropiarse de sus cosas, de sus cuentas, de su hacienda y decisiones, es tan habitual que ya casi podríamos decir lo mismo que de la presunción de inocencia. Está desapareciendo esta gema del Derecho más antiguo, y va dejando poco a poco su honorable asiento a la presunción de culpa. Y no sólo lo uno está sustituyendo por las malas a lo otro, sino que, ya lanzados al símil, ahora es preciso afanarse en demostrar que uno es uno. Como si no hubiéramos hecho grandes esfuerzos ya con certificados electrónicos, eDeneís y autofirmas a favor de la fluidez de la burocracia… Craso error, tal vez, dado que lo que la burocracia exige para su eficaz funcionamiento es precisamente no ser fluida y, llegado un extremo, no funcionar.

En este estado de cosas, los más pérfidos entre los remalos siguen inventando fórmulas para intentar suplantar a terceros. Te llamarán por teléfono para clonar tu voz, te enviarán mensajes pidiendo que pinches aquí y allí, que cambies el destino de una transferencia o modifiques inmediatamente tus credenciales so pena de perder el control de tus ahorros. Y seguirá habiendo ingenuidad y simpleza a raudales para colmar esa voracidad de efectivo. No actúan de forma muy distinta los estados.

Ya le hemos dicho a la administración pública, a la Agencia Tributaria, a las fuerzas del orden y al mismísimo IBEX35 “soy yo, vivo aquí, estas son mis costumbres, aquí hago mis compras, aquí pongo combustible y aquí me alojo cuando estoy en tal o cual sitio”, y ya hemos tragado la piedra de molino de asentir, de seguir financiando todo esto. Eso era a cambio de protección (*), pero claro, en la letra pequeña de este simulacro de pacto social, de esta particularísima póliza de seguros, se indican también tantas excepciones como casos posibles. El Estado no te ofrece garantía de ningún tipo si, pese a todos tus esfuerzos, pese a un cumplimiento religioso de toda clase de obligaciones, alguien demuestra ser más tú que tú mismo.

Vivimos expoliados y encima a punto de dejar de ser quienes somos. Y si el impostor es más hábil, que lo será, porque encima no paga impuestos, mal lo tiene el titular de sí mismo.

(*) Las organizaciones mafiosas han vendido siempre su protección a cambio de dinero. Con el tiempo el Estado ha ido convirtiéndose en una organización mafiosa más: sólo una organización criminal embargaría sin sonrojo 8 euros a una honorable ciudadana de 94 años con Alzheimer, tras comunicarle una horrible omisión y no detallar siquiera la naturaleza del crimen nefando. La ejecutora de esa orden tiene nombre y apellidos, una identidad también. A fin de no terminar también en la trena, y sin identidad, no vamos a jugar a decir quién es quién. Pero tiene identidad.

Imagen de portada: “Tullidos al sol” (fragmento), de José Silva Geijo, 1978

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