11:09 - Miércoles, 11 Octubre 2023
Totum revolutum

Está claro que Bernini, como Donatello en su tiempo o Rodin mucho después, tenía un estudio. Todos tenían un estudio para trabajar, al estar prohibido en esos días y en cualquier otro tiempo esculpir en la calle.

Era además un oficio muy sucio, y muy duro. En un día de trabajo, el gran Michelangelo podía perder tanto peso como Fernando Alonso en un Gran Premio de Mónaco. O más. Y lo que no era mazazo en un dedo era amenaza de silicosis, aunque se ha hablado poco, si es que se ha hablado algo, sobre las enfermedades profesionales derivadas de esa noble tarea.

Y mira que Miguel Ángel le quitó siempre algo de importancia a sus cosas. De forma irónica, es de suponer, pero lo hizo. Cuando no poemas humorísticos al borde de la muerte, chanzas a propósito de su mal tino con el tiempo. Se dice que dijo (todos lo habremos oído alguna vez) que, en el caso de La Pietà, y en respuesta a numerosos comentarios de halago, él se había limitado a “quitar el mármol que sobraba”. Bien cierto: si a un cubo, paralelepípedo o pieza informe de piedra le quitas lo que hay que quitarle, te sale indefectiblemente El rapto de Proserpina o un Alfa Romeo Giulia.

“Cuando lo termine”

Otra cosa es cómo sabe uno qué, cómo y de dónde hay que arrancar el mármol, con la minuciosidad precisa para no pasarse ni quedarse corto. Y sobre todo para evitar, cuando estás cerca del final y te has dejado allí media vida con el cincel, que un mal martillazo le cambie el gesto a Il Pensieroso, o al sant@, deidad, heroína o héroe de turno. Porque aquí el matiz es decisivo, y no vayamos a creer que en piedra vamos a ir pintando y borrando, ensayo y error, como en un trabajito escolar. De eso nada.

Esculpir será más o menos duro, pero la pintura, que era otra de las especialidades de este polifacético genial, requería también su esfuerzo… y su tiempo. Más en su caso, teniendo en cuenta su tendencia enfermiza al perfeccionismo. El papa de Roma se enfadó bastante en su momento, porque sólo para pintar “La creación de Adán” el artista tardó la intemerata, y varios años en completar la obra circundante.

Dichosa bóveda, menudo trabajo. Ahí vino la famosa conversación entre el artista y el sumo pontífice, uno en un andamio y el otro bajo palio, todo hay que decirlo: “Por favor, querido amigo ¿Cuándo (…) va a acabar usted el encargo?”. “Pues… cuando lo termine”, parece que respondió aproximadamente el artista desde su andamio.

Quien preguntaba, el papa Julio II, parece que autor del encargo, lo hacía cómodamente instalado. Todo lo cabreado que se quiera, pero mucho más cómodo que Miguel Ángel pintando el célebre techo. Cosa que hizo en decúbito supino, agobiado por el tiempo y los pagos, hasta ocasionarse lesiones y taras sin cura posible. Cuando lo termine es aplicable a casi todos los encargos de esta vida, desde los frescos en la bóveda de la capilla sixtina al tabique medianero de la segunda vivienda de un empleado de Correos.

Tecnología dual

Quedaba de todos modos un cabo suelto, procedente de los méritos y especiales dificultades de la escultura frente a cualquier otra forma de Arte. En tiempos de Miguel Ángel, la técnica era, digamos, extractiva. Se trataba de quitar, con gran trabajo, el material sobrante. La tecnología lo ha cambiado todo. También hoy se practica el método extractivo para esculpir objetos, artísticos o utilitarios, en ocasiones por procedimientos que nada tienen que ver con la creación artística. Se programa una fresa de control numérico con la forma deseada y será la máquina CNC, de tres, cinco o siete ejes, la que se encargue de suprimir lo que sobre, ya sea mármol, acero, madera, hormigón o fibra de carbono. Casi cualquier material: al fin es una cuestión de la energía y el tiempo que estemos dispuestos a emplear.

En efecto, la tecnología lo ha cambiado todo. El mismo procedimiento de control numérico, pero al revés, se utiliza en el método adictivo, llamado así, no porque resulte inevitable entregarse a él de día y de noche, sino porque consiste en añadir material, en vez de retirarlo. Cabe la posibilidad de que la aplicación aquí del término “adictivo” resulte cuando menos apresurada, rallando con lo irresponsable, pero admítase, por favor, que la intención es intachable y que “aditivo” no es exactamente la palabra.

Esta manera de hacer las cosas y crear sus formas, que no es nueva pero evoluciona tan rápido que parece otra vez nueva cada lunes, es lo que llamamos “impresión 3D”. Los que aún no nos hemos repuesto de la impresión 2D tradicional, y mucho menos de la estereolitografía, consideramos que las impresoras 3D son la repera. Y es que lo son.

Mira por dónde, además, uno de los mejores especialistas en impresión 3D de rango industrial es español y está en Barcelona: https://www.bcn3d.com/es/

Cualquier material: más madera

En los principios de esta tecnología, creada por personas sólo ligeramente observadoras, se imprimía con materiales termofusibles. Como el famoso pegamento de la pistolita de silicona caliente, pero a lo bestia, en fino, bajo el control de un ordenador y a través de una máquina capaz de moverse con enorme precisión en los tres ejes. Las máquinas más antiguas tenían problemas de lentitud y falta de resolución… como los primeros sistemas de telefoto o envío de imágenes a distancia, con los que los viejos periodistas se comían las uñas temiendo por la exclusiva. Las más recientes imprimen mucho más rápido, en materiales más resistentes y con menor distancia entre líneas y puntos, o sea, con mayor resolución, lo que aumenta la calidad y reduce el trabajo de acabado posterior de la pieza impresa resultante.

¿Sólo con plástico termofusible? Pues no. El rango de materiales destinados a la impresión 3D crece cada día. Al principio los usuarios compraban bobinas de ABS y plásticos técnicos semejantes. Ahora consumen resinas del siglo XXII, reforzadas con fibras de todo tipo, desde vidrio a Zylon, pasando por aramidas o carbono. Y ahora se utilizan también resinas de alta temperatura en polvo y hasta metales pulverizados, que se calientan -no me hago una idea de cómo- y se inyectan por control numérico para conseguir piezas de calidad aeronáutica en tiempos sorprendentemente breves.

Cuando hablamos de metales, nos estamos refiriendo a aluminios especiales, acero y hasta titanio. No en vano los equipos de Fórmula 1 son ya clientes habituales de esta tecnología: la pieza se diseña en un ordenador remoto, incluso en el propio circuito, a pie de pista, se imprime en la fábrica propia, o en una concertada de confianza, y pocas horas después la nueva pieza está lista para ser instalada en el monoplaza y, tal vez, para rebajar unas centésimas el tiempo por vuelta. En un negocio donde cada fracción de tiempo cuenta, el precio es a veces secundario.

Y hay una razón por la que ese fabuloso laboratorio de ideas que es la Fórmula 1 se está decantando por la impresión 3D: arrancando virutas, como en el mecanizado y la escultura convencionales, se pierden por el camino materiales muy caros, por mucho que en ocasiones se reutilicen, mientras que añadiendo material no se desperdicia absolutamente nada. Esto implica una cierta idea de sostenibilidad, con la que el mundo de la automoción está seriamente comprometido.

Arte, invención y tecnología

Yendo al principio: ¿Aceptaría todo esto Miguel Ángel? Por un lado, no parece probable que el origen de este tipo de diseño fuera del agrado de Miguel Ángel, o de Leonardo. Mucho menos la ingeniería inversa, que tanto se ha practicado en todos los campos del arte, aunque antes se llamara de forma más prosaica, con un nombre parecido a “plagio”.

Por otro lado, tal vez todo esto, por su carácter innovador, les provocara entusiasmo: ambos eran genios innovadores, renacentistas puros en alma y sustancia. Y un sujeto de su temperamento y genialidad creativa terminaría aprendiendo a programar en código G (tan misterioso para casi todo el mundo como tantos otros asuntos que incluyen la “G”) y a producir desde un ordenador archivos STL, o de cualquier otro tipo, capaces de instruir a la máquina de crear formas con los vértices precisos, los puntos imprescindibles, las curvas y los matices que definen cualquier hechura posible. El abrazo definitivo entre arte, invención y tecnología. Y mucho menos cansado que la maza y el cincel, sin comparación posible.

Puestos a imaginar, veo a Leonardo terminando por fin su “Gran Caballo” con una impresora 3D. En cambio, es inevitable pensar a Michelangelo fresando su Pietà a partir de un bloque de denso mármol, o de cualquier otro material impasible. A velocidad de peatón centenario, para cuidar cada matiz, para tardar lo necesario y, dado el caso, regodearse en la respuesta: “lo acabaré… cuando lo termine”.

 

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