9:00 - Martes, 6 Febrero 2024
Bendita tecnología

Dicen los más antiguos del lugar que el famoso y a veces temido Tempo no termina de entrarle en la mollera a las personas de mentalidad normal, a las personas inteligentes que todos conocemos y tratamos.

¿Parece que se resuelve? No sabría qué decir.

Debo reconocer que mi relación con Tempo es irregular y tiene altibajos, como el temperamento de los tigres. En ocasiones la cosa va sobre ruedas, nada se subraya en rojo y todo apunte se acepta, mientras que en otras, inexplicablemente, la propia apariencia de las opciones, y el mapa todo del asunto, se tornan ingobernables.

Entonces recurro a las personas de costumbre, que estarán hasta el gorro de preguntas y eseoeses tan absurdos como inesperados. Pero claro, cabe reconocer que cuando uno halla socorro y bienestar sin salir de los confines de Aktios, tiende bastante a la aceleración centrípeta, a la exaltación, al fervor y al embelesamiento. Como cierto personaje que, buscando la seguridad, se entregó de bruces al peligro. Pero al revés, que seguramente no me he expresado bien.

Yo los veo tan contentos navegando por los siete mares, pero bien triste debe de ser la vida de un besugo, con esos pensamientos tan fugaces, con tal brevedad en las conquistas de la memoria, pues ¿De qué valen mil certezas, mil, si apenas acordadas no se recuerdan?

Las dificultades del común aquí con Tempo se ciñen a las habituales quejas sobre manejabilidades, o a la existencia o no de rutas navegables para la intuición. Debo reconocer que mi problema es más tosco: comprendo al dedillo la explicación experta, prometo no preguntar más, no dar más la matraca, pero de tanto pedir disculpas y adornar el agradecimiento (que no es artificio sino gratitud verdadera), al cabo de dos compases pierdo el hilo y se me borra una parte -si no el todo- de lo aprendido.

Yo los veo tan contentos navegando por los siete mares, pero bien triste debe de ser la vida de un besugo, con esos pensamientos tan fugaces, con tal brevedad en las conquistas de la memoria. Pues ¿De qué valen mil certezas, mil, si apenas acordadas no se recuerdan?

No parece que estemos a tiempo de reconstruir esta coyuntura a base de fósforo, como se hacía antes. Con los complementos químicos hay que tener un cuidado tremendo, pues tan pronto son tonificantes e imprescindibles como letales de necesidad. Mirad el pescado azul o el aceite de oliva, tóxicos antaño pero irreemplazables hoy. Por otra parte, la experiencia demuestra que si algo funciona, aunque sea de manera no del todo perfecta, lo mejor es no tocarlo.

Así que seguiremos afinando la atención, la concentración y capacidad de síntesis, no sé si mirando al futuro con los ojos entreabiertos por el viento, o mirando atrás, completamente pasmados. Pues en ocasiones me da por pensar que una revisión profunda de nuestras convenciones tradicionales sobre cómo “archivar los conocimientos” (portafolios, carpeta, subcarpeta…) podría ser de enorme utilidad ahora que tan importante es adaptarse a arquitecturas nuevas, a fin de no caernos de la moto.

Fotografía de portada de www.freepik.com

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