9:00 - Martes, 27 Febrero 2024
Totum revolutum

 

He tropezado accidentalmente con un concepto llamado “parallax”, que me recuerda algo al de “paramount”, por ser ambos de aire pomposo y traducción imposible. Sí, imposible: que no venga ahora nadie a decir que está clarísimo, porque no lo está.

Es un término específico del mundo del desarrollo web que tiene que ver con diseño, usabilidad y rendimiento. Afecta a todas esas cosas en las que los entendidos en UX/UI se especializan para retener a los usuarios en las redes de sitios y webs, tanto mejor si es con ninguna violencia, y ya el colmo -excelente- si tal retención se produce sin que los interesados se den siquiera cuenta.

El arquetipo de lo que NO tendría que ser un sitio web nos lo ofrecen casi siempre las páginas de las administraciones públicas. Pero no siempre: hay gestiones privadas incluso peores, pero tienen la eximente de que se lo pagan ellos y de que no reivindican para sí en parte alguna el honorabilísimo concepto del servicio público.

 

Los intentos de gestión empiezan siempre cayendo en el anuncio de un gestor, o en una página de apuestas online de las que iba a prohibir aquel ministro del chuletón privativo

Si uno decide naufragar en la red, sentirse solo, acaso burlado, o buscar un pretexto para por fin salir a la calle vestido de Luis Candelas, nada mejor que intentarlo. Intentar lo que sea. Acceder a una cita, a un certificado, a nuestra propia declaración de IRPF, a un trámite cualquiera en la administración pública, es siempre un intentarlo. No pasaremos seguramente de la fase tentativa. Estaremos a punto, sí, porque el torturador suele disfrutar con ese afán del torturado por atrapar inútilmente ese hilo de vida. Pero se quedará ahí la cosa.

Los intentos de gestión empiezan siempre cayendo en el anuncio de un gestor, o en una página de apuestas online de las que iba a prohibir aquel ministro del chuletón privativo, que nos llevan a meternos además en algún lío mientras fracasamos, burocráticamente hablando. Resuelto el incidente, comprobamos que no hay cita disponible hasta la Navidad del año próximo. O acaso para un 29 de febrero.

Si hubiera fallado -o fallecido- algún contribuyente que ya tenía cita, no es preciso que nos embargue la euforia, porque además de competir con prójimos en idéntica situación es preciso acreditarse. ¿Tenemos credencial cl@ve? ¿Seguro que no nos ha caducado la ídem? ¿Creemos que funcionará concretamente hoy? Porque, desde luego, si no tenemos cl@ve, tendremos que solicitarla, que no se interrumpa el proceso y que un diligente empleado de Correos venga a traer el PIN hasta nuestro domicilio. Mucho pedir, mucho esperar.

Es posible también que para solicitar algo de esto sea preciso que la administración tenga registrado nuestro número de teléfono. Si no es así, no podremos recibir un SMS con el código que nos autorizaría a proceder. Para comunicar nuestro número a la administración tendremos que estar registrados mediante un PIN que sólo puede llegarnos por SMS. Si, a causa de tener un primo astronauta o una cuñada en un ministerio, consiguiéramos sortear todo esto, aún hay otra barrera: la administración nos llamará a ese número para comprobar que somos de verdad nosotros, como si del mismísimo super agente 86 se tratara. Si por alguna razón no podemos descolgar el teléfono, por secuestro, hospitalización, accidente alpinista o simplemente por estar conduciendo un tren, trabajando en una cadena de montaje o regentando una mercería, la administración dará por cancelado el proceso y habrá que volver a empezar. Un pasajero del tiempo que haya pasado de los 65, por no hablar de un agricultor cansado de pelear con la tierra y soportar majaderías, probablemente a estas alturas habrá tirado el teléfono contra el ordenador, fantaseando con que ahí dentro está el responsable de sus males. Pero no: l@s verdader@s responsables estarán en una cabina de rayos UVA, hablando de sus cosas. 

Nos dirán que para eso tenemos también el eDNI, una cosa que se publicita mucho, pero que abiertamente no funciona, no sirve absolutamente para nada. ¿Por qué no funciona? Pues porque los encargados de que funcione tienen muchas otras cosas que hacer, qué nos habíamos creído. Entre otras, poner en marcha una llave trampa, la AutoFirma, que es como una pistola que dispara hacia atrás y mata al pistolero. O lanzar una línea de atención telefónica atendida por un robot, a fin de que éste nos propine verónicas, chicuelinas y largas cambiadas hasta el desistimiento.

Están también el certificado digital y la firma electrónica. Conseguir una de estas cosas se parece mucho a echarle el guante a una lubina salvaje a buen precio un sábado cualquiera. No hay que inquietarse: si tenemos lo uno, lo necesario será lo otro. También viceversa. Tenemos por último otras opciones. Entre las más aplaudidas están la de “estamos experimentando problemas técnicos, vuelva a intentarlo transcurridos unos minutos”, aunque también el anuncio inconcreto de que se ha caído el sistema, o que se ha producido un error 404. Margen suficiente para rematar la partida de mus o terminar las compras, que es que no l@ dejan a un@ tranquil@ hacer sus cosas.

Bien. Ante el riesgo de que una web de la Administración funcione y dé servicio al contribuyente -que es para lo que están estos sitios de internet ¡y la propia Administración!- tenemos una potente herramienta para contenerlo. Una nueva herramienta, más específicamente: se llama parallax.

Para los neófitos, entre los que me hallo, este término está relacionado con el diseño y el desarrollo web y pretende “mejorar la experiencia del usuario y hacer que una página web sea visualmente más atractiva”. Se trata de que todo se mueva mucho, como si diseñarlo para que se esté quieto fuera pan comido. Que, como todos sabemos, no lo es.

La técnica parallax utiliza diferentes velocidades de desplazamiento en los distintos elementos de la página. Pueden ser elementos por separado los que se mueven de manera distinta, pero pueden ser también los distintos planos, que se mueven a velocidades relativas diferentes, a fin de crear una ilusión de profundidad, una ¿sensación de volumen?

 

Cuanto todo flota ya demasiado y el usuario empieza a correr el riesgo de caerse de la silla, interviene la brigada juiciosa que hay en todo cuerpo profesional, y los versados en diseño UX/UI no iban a ser una excepción

Dicen los especialistas que cuando la capa de contenido del primer plano se mueve más rápido que las del fondo, esto crea “un efecto visual interesante y atractivo”. Hay también un efecto parallax de capas múltiples, en el que los gráficos, imágenes y textos se mueven con independencia y a velocidades diferentes, y también un efecto parallax de desplazamiento lateral, con las consecuencias que cabe prever.

Cuanto todo flota ya demasiado y el usuario empieza a correr el riesgo de caerse de la silla, interviene la brigada juiciosa que hay en todo cuerpo profesional, y los versados en diseño UX/UI no iban a ser una excepción. Los expertos recomiendan utilizar esta técnica -el famoso parallax- de manera prudente, a fin de no afectar negativamente a la usabilidad, y tampoco al propio rendimiento. En una declaración formal de especialistas, éstos añaden que “es crucial proteger la accesibilidad web, para que también los usuarios con discapacidades puedan interactuar fácilmente con el contenido”.

Llama muchísimo la atención ese último apunte, el de la consideración y auxilio hacia todo el mundo -también “los usuarios con discapacidades”- cuando se dedica tan poca atención, por no decir ninguna, al desenvolvimiento de las personas mayores en un entorno tan hostil para los >75 como es la navegación web o el uso de aplicaciones y sitios hoy imprescindibles. Se invierte poco en los pre-cadáveres, aceptémoslo.

Cuando uno no comprendía del todo -o rigurosamente nada- los conceptos relativos, por ejemplo, a la trigonometría elemental o el cálculo logarítmico, siempre había un profesor que, guiado por la buena fe o por su propia incompetencia, recitaba eso de “¡pero si es muy fácil!”. Es como decirle a un lesionado medular que no exagere, porque las escaleras de cierta pirámide en Chichen Itzá no son tampoco nada del otro mundo. Si es tan fácil de comprender, le están llamando a uno cabeza de chorlito. Si es tan fácil de escalar, te están diciendo que la silla de ruedas es pura ostentación.

 

El efecto parallax es muy de este siglo que pisamos ahora, en el que se busca que todo se mueva, que sea muy dinámico, y donde un plano de 3 segundos promueve el bostezo

La norma advierte ya que el efecto parallax hay que manejarlo con mesura, “de manera equilibrada y cuidadosa”, porque un uso excesivo o inadecuado puede afectar para mal a la usabilidad, e incluso al rendimiento del sitio web. Conclusión: la mayor parte de las páginas que conozco andan pasadísimas de parallax, del mismo modo que los últimos años del siglo XX estuvieron saturados de “diseñadores gráficos” y de neopoetas, unos porque se compraron un ordenador y de regalo venían unos programitas escolares para dibujar con millones de colores, y los otros porque, después de tanto conato, leyeron por fin “La montaña mágica” y se quedaron pasmados. Tampoco hay que enterrar ese siglo a pisotones, porque los primeros años del XXI han traído también su miga en superchería y tocomocho. Un vistazo al telediario y sus cantarines corresponsales del comobiendices desmiga y neutraliza toda esperanza. Luego se preguntan por qué el oficio estará en crisis.

El efecto parallax es muy de este siglo que pisamos ahora. Se busca que todo se mueva, que sea muy dinámico. Nada de cine francés de largas divagaciones, nada de cine italiano con sus pausas dramáticas, ni de neorrealismo, ni de cine en realidad. Lo que se lleva ahora es una ley que consiste en esto: un plano de 3 segundos promueve el bostezo. Si es de cuatro, la audiencia cambia de canal. Al cabo de un minuto de relato es obligatorio que hayan muerto varias personas, chocado algún tren, caído algún avión o estallado un submarino. Y todo eso para relatar una escena costumbrista, en la que un/una modelo muy guap@, pero sin la menor formación actoral, musita cualquier chorrada, que puede ser “socorro, me muero”, pero también “Gordi ¿Y a qué hora cierran las tiendas?”.

Excepciones muy notables al margen, se nota a la legua que ALGUNOS de los nuevos cineastas, poco duchos en la captación de capital privado para trabar sus “pelis” y algo reacios a apreciar el peso del guion, no han conocido a Lindsay Kemp. A Billy Wilder lo han visto de lejos, casi seguro. De haberlos conocido, y estudiado a fondo, pagarían a sus actores un cursito rápido de voz, dicción y locución en Salamanca y, mientras germinaba esa primera generación de actores/actrices parlantes, se dedicarían exclusivamente al cine mudo. Pero no: seguimos musitando, poniendo caritas y no contando nada. Total para qué, si para arte dramático ya están los parlamentos, las canchas deportivas y, claro, el teatro. Tengo amig@s en el mundo de la interpretación, en canchas y parlamentos, que están de acuerdo.

Este discurso tan poco proactivo, tan escasamente amable, no viene a cuento, no tiene sentido y es muy negativo. Pero no pienso retirarlo, porque acaban de estrenar “Ferrari”.

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